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Mal aplicando la fe

Me parece que hay muchísimas palabras que se usan en el lenguaje diario y por tanto son tomadas muy a la ligera y creo que esto nos lleva a degenerarlas.

La ciudad y sociedad en la que nací y la escuela en la que crecí fueron católicas. Todos los adultos que me rodearon eran muy católicos y desde siempre he escuchado, entre muchos otros conceptos el de la fe:  educarse en la fe, perder la fe, no perder la fe, la fe de jesucristo, la fe mueve montañas, tener fe. Un concepto tan amplio y tan abstracto que para mi la gente lo utilizaba como sinónimo de CREENCIA. Yo entendí que creer y tener fe era lo mismo. Hay que tener fe de que se va a curar. Las cosas tienen que mejorar, hay que tener fe.

La fe se convirtió entonces en una POSIBILIDAD: ten fe y saldrás pronto de tu problema. La palabra fe podría en casi todos los momento sustituirse con la palabra “ojalá”, como una posibilidad entre que suceda una u otra cosa.

Por ahí también podía sustituirse con el término CONFIANZA, que era parecido a la creencia pues había que confiar en que más adelante había un piso cuando uno solamente veía el vacío. 

Cuando me llegó la edad de cuestionarme todo lo que me habían enseñado, el concepto de la fe me pareció MEDIOCRE. La gente quiere que la fe haga las cosas en lugar de esforzarse ellos mismos. Ellos muy cómodos sentados en su sillón teniendo fe y esperando a que posiblemente las cosa lleguen, mejoren, cambien, sanen. 

Obviamente el término siempre lo tuve ligado y para mi era inseparable de la religión. Incluso yo no veía otros aspectos de la vida en los que el término podría aplicarse.

Hasta hoy entendí que la fe no es creer, no es tener esperanza, no es confiar, no es una probabilidad, no es una zona de confort, ni si quiera tiene que ver con profesar alguna religión.

La fe no es otra cosa que tener la absoluta CERTEZA en algo sin equivocación. 

La certeza te la da el CONOCIMIENTO. Por lo tanto, SABER es tener fe.