Estaba la casa cubierta de hojas, árboles, raíces. Pensándolo bien, estaba cubierta por el bosque completo. Solamente la fachada estaba descubierta y daba a la calle. En el techo de la casa había agua en un contenedor que seguramente se formaba por la arquitectura de ésta, no porque ahí debiera haber agua. De las hojas, ramas y pajas que sobresalían un fuego silencioso, frío y hermoso se prendía y apagaba constantemente. Buena parte del follaje muerto ya estaba quemado, se notaba que ese fuego había prendido más fuerte y alguien lo había apagado antes que se distribuyera por el bosque o incendiara la casa completa. Yo le echaba del agua estancada al fuego que escondido quería volver a prender con un cucurucho de papel que me proporcionaba la mujer dueña de la camioneta que estaba estacionada encima de la casa. Yo no entendía cómo llegó esa camioneta ahí ni como pretendía irse, pero no era importante resolver esa pregunta primero. El fuego me hacía creer que se apagaba, pero por alguna razón yo intuía que seguía ahí. Decidí meter los pies al agua y comenzar a patalear para mojar completamente la parte donde parecía originarse el fuego.