El martes a las cinco de la tarde me chocó un borracho. Estaba yo en el rojo de un semáforo sobre Avenida Reforma, de pronto un coche sin frenar chocó con mi camioneta en la parte de atrás empujándonos hacia adelante. Nos bajamos y el coche que nos había chocado era un Shadow viejito y maltratado, deshecho por el reciente golpe y conducido por señor borracho hasta el tope.
Mi camioneta quedó con un daño muy leve que el ajustador de mi seguro valuó en tres mil pesos para poderme cubrir el daño “sin deducible” pues, como era de esperarse el otro coche no tenía seguro.
Mi camioneta casi no tiene daños y el señor, que era un albañil, seguramente no me iba a pagar nada. Yo podría irme, ya que de cualquier manera terminaría pagando yo misma los daños. Pero si me iba para mi casa, el señor también se iba para la suya, pues no hay una parte acusadora que denuncie un daño. Nadie podía llevárselo al Ministerio Público a menos que yo lo pidiera. Si decidía irme al Ministerio Público, mi camioneta se tenía que ir al corralón para que los peritos emitieran un reporte y pudiera fijarse el monto de los daños que este señor tendría que pagarme. Una vez estando en el Ministerio Público y si para entonces (4 horas después) el señor seguía estando alcoholizado según el reporte del médico, entonces se le asignaría otra multa por conducir en estado de ebriedad.
No tenía ganas de quedarme sin camioneta tres días a cambio de un golpe que ni me iban a pagar y que ni si quiera representó un gran daño en mi camioneta. Pero me sentí con la responsabilidad de hacer la denuncia porque este señor, si no chocaba conmigo, en la siguiente esquina atropellaba y mataba a alguien.
Así que respiré hondo y me dirigí al Ministerio Público. Ahí, la jueza o no se cómo se llama quien toma la declaración, exhortó al Señor Gustavo a que me pagara los 3 mil pesos porque sino iba a quedar detenido y le iba a salir más cara la fianza.
En este punto fue cuando entendí cómo iban las cosas. El señor Gustavo quedó detenido por no pagarme, pero no por conducir borracho. Si su mujer o su compadre hubieran llegado con los tres mil pesos, en ese momento el daño queda saldado y el Señor Gustavo no tiene más sanción que cumplir.
En este caso, ni el Señor Gustavo, ni su compadre con el que iba en el coche, ni su mujer que me lloraba que por favor lo perdonara, pudieron juntar en ese momento los tres mil pesos. Me partía el alma que la pobre mujer me llorara defendiendo al alcohólico e irresponsable de su marido. No me parecía justo que finalmente era ella la que iba a moverse con familiares y amigos para conseguir el dinero para poderlo liberar. Me rogaba y me decía que a mi camioneta no le había pasado nada que por favor lo perdonara. Yo trataba de hacerle entender que no era por el daño a mi camioneta que yo estaba denunciándolo. Me ofrecía mil pesos que se secaba de su chamarra. Yo le decía que eses dinero era de ella y de sus hijas, no mío. Que quien tenía que asumir las consecuencias era su marido y no ella, que dejara de defenderlo y dejara que aprendiera la lección. La mujer, con su escaza educación, a penas podía formular frases correctamente dichas. Dudaba que ella pudiera entender lo que le estaba diciendo.
Además de llegar a mi casa a las 2:30 de la madrugada y cansada de tanto desgaste, la pasé muy mal esa noche y al día siguiente, con una carga que creo que no debería tener ningún ciudadano: el señor no me va a pagar pero yo tengo el poder de que se “chingue” en el reclusorio. Su castigo es por ser pobre y no tener dinero, pero no por manejar borracho. Yo tenía el poder y la responsabilidad de decidir hasta dónde llegarían las consecuencias del Señor Gustavo. Si en lugar de haber sido el Señor Gustavo, me hubiera chocado Gustavo Junior, hubiera llegado Gustavo Padre a pagarme los tres mil pesos y san se acabó. Ni siquiera hubiéramos podido ir al MP y no hubiera recibido mayor sanción. Aquí, solo por ser pobre, el Señor Gustavo pagaba su castigo hasta las últimas consecuencias o hasta que yo lo decidiera. Me sentía con una gran responsabilidad, pues no considero que ni yo ni ninguna persona civil tengamos el conocimiento suficiente para decidir hasta dónde es justo el castigo y hasta dónde no. Si el Señor Gustavo no pagaba mis daños y la multa que ya le habían imputado, el siguiente paso era ser trasladado al reclusorio y de ahí tener juicios hasta que pagara su fianza. Posiblemente más adelante le pudieran hacer una reducción a la cantidad. En fin, varios meses de reclusorio, varios meses de que una persona que vive al día no trabaje y varios meses de que unas hijas solo vivan del ingreso de su madre. Tampoco me parecía justo para el tipo de imprudencia cometida. Además me parece que el trato que reciben en el reclusorio, lejos de hacerlos personas más conscientes los vuelve personas aun más resentidas. Y todo esto, repito, porque el Señor Gustavo es pobre, pero no por manejar borracho. El mismo sistema que no lo educa y lo mantiene pobre, es el mismo sistema que luego lo castiga por no tener dinero.
Me hubiera encantado poder decir al Ministerio Público: se que no me va pagar, me voy con mi daño. Y que entonces el Señor Gustavo después de haber estado un par de días detenido, se le asignara un servicio social como sanción a su imprudencia. Pintar orillas de calle, pintar paredes, pintar escuelas, arreglar pupitres. En fin, este país estaría reluciente si cada borracho que maneja hiciera un trabajo social como multa. Me hubiera encantado que no estuviera en mis manos, sino en las la ley, las consecuencias adecuadas que el Señor Gustavo tenía que cumplir.
Al día siguiente regresé para acreditar la propiedad de mi camioneta y que me entregaran el oficio de liberación para poder sacarla del corralón. Cosa que no sucedió porque los peritos no habían hecho aun el reporte y por tanto aun no se fijaba la fianza que tendría que pagar el Señor Gustavo para poder salir. La mujer del señor Gustavo estaba ahí, y para mi sorpresa me dijo: “Señorita, usted me abrió los ojos, ayer no paré de llorar del coraje porque no se por qué tienen que suceder así las cosas, es usted finísima persona”. Pensé que era su preámbulo para de ahí seguirme rogando que otorgara el perdón. Pero no fue así. No me volvió a decir nada mientras ahí permanecimos esperando. Cuando salí, me preguntó que qué había decidido. Le contesté que haríamos lo correcto, que por favor confiara en mi. Asintió sin ni una palabra más.
Pasé otro mal día pensando qué hacer. Así que me puse a meditar y ahí tuve la sensación de que ya había sido suficiente tanto para el Señor Gustavo como para su mujer. “Timing is the answer to success”, me llegó esta frase de una canción de Kevin Johansen. Ni mucho, ni poco, solo lo justo, pensé. El reclusorio, aunque así lo decida la ley, era demasiado castigo para la falta cometida.
Primero esperaría a ver si ellos pagarían la fianza. De suceder así, yo le regersaría el dinero a la mujer para que entendiera que nunca lo hice ni por mi camioneta, ni por el dinero. Me parecía correcto que se esforzaran por pagar las consecuencia. Cuando llegué por tercer día consecutivo al Ministerio Público. Ella estaba ahí, e igual que el día anterior me saludó amable. Ni una palabra para que yo recapacitara y retirara los cargos. Se sentó callada, humilde. Un señor la mandó llamar y ella se dirigió a su oficina, antes que ella entrara alcancé a escuchar: “Señora, ya nos vamos a llevar a su esposo al reclusorio”. El abogado de mi seguro me informó que no pudieron pagar la fianza y que por eso se lo llevaban. Ahí me di cuenta que iba a ser muy complicado que ellos pagaran y que eso tomaría mucho tiempo. Yo mientras tanto esperaba a que me atendieran. Mi abogado iba y venía para tratar de no aburrirse. En una de esas que regresó me dijo que creía que ya habían trasladado a Don Gustavo pues vio que una patrulla se iba y la mujer estaba junto a la patrulla llorando. Después de más de dos horas de espera solo para que me dieran mi oficio de liberación, por fin deciden atenderme. Me atendió un señor muy acelerado y con mal humor. Después de que me entregó el oficio le digo que he decidido otorgar el perdón. Lo dije aun cuando no me sentía segura si era un buen momento o no. Pensaba que cuando menos el Señor Gustavo la vio venir cerca y eso por lo menos haría que a la siguiente lo pensara dos veces. El señor que me atendía me volteó a ver molesto, “por qué no nos dijeron antes, ya lo enviamos al reclusorio”. Le contesté que tenía más de dos horas esperando que en qué momento quería que le hubiera dicho antes. Me contestó de mala gana que entonces tendría que ir al juzgado al día siguiente. Muy bien, le contesté, y le pedí que por favor me diera la dirección del juzgado y me explicara qué era lo que tenía que hacer exactamente. Se me quedó viendo y me dijo “espéreme un segundo”. Se paró y se fue. Regresó acelerado, como seguramente es su personalidad todos los días, agarró el teléfono e hizo una llamada preguntando si aun estaban a tiempo. “Voy para allá con el acta, espérenme por favor” dijo antes de colgar el teléfono. Se puso a movilizar a su asistente y a su jefe para levantar rápidamente el acta donde yo otorgaba el perdón. Escribía tan rápido como podía, iba y venía con datos e información que necesitaba. Le gritaba a su jefe: “Jefe, estese listo que ahorita vamos tener que salir corriendo para el reclusorio”, a su asistente le gritaba también: “tráeme rápido las impresiones”. Yo estaba con la boca abierta del cambio de actitud de esta persona de un minuto para el otro. Sin decirle yo nada, él se movilizó lo más rápido que podía para poder evitar que el señor Gustavo entrara al reclusorio. Nada más de ver lo rápido e interesado que hacía las cosas, cualquiera hubiera pensado que le dije que yo era sobrina de Marcelo Ebrad y que haber cómo le hacía o perdía su trabajo. Me sentía yo en una escena de una película a punto de tener un final feliz. Firmé rápidamente todas las hojas que me dieron, puse mi huella digital y éste señor me pidió disculpas por haberme hecho esperar y me dijo que tenía que salir corriendo para entregar el acta antes de que lo ingresaran. Le agradecí. Pensé que esto no debe suceder muy seguido. Imaginé a este señor, con su perfecta personalidad acelerada, llegando al reclusorio corriendo a entregar el acta y al Señor Gustavo siendo liberado en el último momento y me salió una sonrisa desde el fondo de mi alma. Ahí supe que había hecho lo correcto, sino las cosas no hubieran fluido como fluyeron. Timing is the answer to success.
Al final decidí arreglar el problema con amor y no con castigo. Se que ellos lo van a entender. Lo ví en el rostro de la mujer de la cual me despedí antes de que mi taxi llegara por mí afuera del MP. Estaba muy agradecida y me lo dijo. Su cara era otra. Era otra persona de la que vi por primera vez dos días antes. Le confirmé que no era por mi camioneta por quien había hecho las cosas, que su marido seguramente iba a estar enojado conmigo pero que le pedía por favor que le explicara cómo fueron las cosas. Ella me contestó que su marido no estaba enojado conmigo y que había tenido ganas de pedirme una disculpa. Sonreí. Le pedí que se supiera dar su lugar, que le exigiera a su marido y a cualquier persona que la traten con respeto. Que se peinara y se arreglara porque era una mujer bonita y no lo demostraba. Y que les diera el mejor ejemplo a sus hijas porque ellas algún día también iban a ser mamás. Ella recibía mis palabras con toda atención. “Si nos volvemos a ver, me gustaría que conociera a mis niñas”. Mi taxi llegó y al despedirnos le di un abrazo.
Esto fue lo que puse en Facebook cuando llegué a mi casa: “Cansada pero con la fuerza que te da el sentir haber hecho lo correcto. All we need is love”.
Al día siguiente fui por mi camioneta. Tuve que pagar 162 pesos porque permaneció durante tres días en el corralón.